Hacia el siglo V a.C. en Grecia, dos hombres hablan acerca de los
dioses que crearon a todas las criaturas que debían habitar la
tierra, y como fueron puestas ahí sin ningún atributo ni cualidad,
entre ellas el hombre. Prometeo fue elegido para entregar estos atributos para
el beneplácito de Zeus.
Prometeo pidió
He comprendido finalmente por qué el
hombre es la más afortunada de todas las criaturas y la más digna de toda
admiración, y cuál es su condición y sitio en el conjunto universal, envidiado
por las bestias, los astros y las inteligencias existentes más allá de los
confines del mundo [...] ¿Por qué? Porque el hombre es, con todo derecho, el
máximo milagro y el animal más perfecto y admirable de cuantos existen.. Ya
dios padre, el gran arquitecto, había fabricado este mundo que habitamos y
vemos, el más augusto templo divino, según los arcanos reunidos por su
sabiduría. Había adornado con inteligencias las regiones supe celestes, había
hecho crecer ánimas eternas en los globos etéreos, había poblado con toda clase
de animales todas las partes del mundo, incluso las más estériles y poco
fértiles. Pero, una vez concluida esta obra, el artífice decidió que debía
existir alguien que pudiese examinar racionalmente su sentido, que pudiese amar
la pulcritud con que fue hecha y admirar su magnitud. Fue así como, terminada
toda su labor –según los testimonios de Moisés y de Timeo–, pensó en crear, por
último, al Hombre. En verdad es que para entonces ya no quedaba ningún
arquetipo según el cual pudiese modelar su nueva criatura, pues ni siquiera en
su tesoro había algo que pudiese donar al nuevo hijo como su herencia propia,
ni había ya un subsuelo libre para que esta criatura pudiese asentarse como
contempladora del Universo [...] No era propio de su benéfico amor, de la
divina liberalidad que adoramos, que fallase aquí su meditación. Fue entonces
cuando el máximo artífice, sabiendo que no podía darle a esta criatura algo que
fuese suyo propio, decidió que sería algo común, tomado de todas las cosas
singulares y propias de las demás. Tomó entonces al hombre, obra suya imaginada
como de naturaleza indeterminada, lo puso en medio del mundo, y le dijo: “No te
he dado sede, ni figura propia, ni menos algún peculiar don específico, oh
Adán, con el fin de que seas tú quien de manera libre escojas, bien por tu
voluntad o bien por tu juicio, lo que tendrás y poseerás respecto de tu sede y
de lo que harás”. Y agregó: “La naturaleza de las otras criaturas ya ha sido
definida según las prescripciones de las nobles leyes que la constriñen. Para
ti, en cambio, no habrá coerción irremediable, pues será tu propio arbitrio,
que he puesto en tus manos, el que predefinirá lo que serás. Te he puesto en
medio del mundo para que desde allí contemples, con comodidad, todo cuanto éste
contiene. No te he hecho ni celestial ni terrenal, ni mortal ni inmortal, para
que seas tú mismo, como árbitro y honorable escultor y modelador, quien puedas
darte la mejor forma que elijas. Podrás entonces degenerar a la condición
inferior de bruto, o podrás regenerar en la condición superior que es divina,
extraída del juicio de tu ánimo.
Luis Villoro los resume diciendo en su
ensayo “ser lo que quiera” y coincido con el autor, el hombre
renacentista se atreve a hacer cosas que sus antepasados medievales se
atrevieron o ni siquiera intentaron, para el hombre del
medievo la resignación tanto espiritual así como su apego a la tierra feudal no
les posibilito pensar en una emancipación ni moral, ni corporal.
El humanista español Luis Vives imagina un banquete
ofrecido por la diosa Juno y Júpiter a los dioses, y para deleitarlos después
del banquete ofrece una representación teatral escribe el humanista:
Me parece bien empezar esta disertación
mía sobre el hombre con juegos y fábulas, ya que también el hombre es él mismo
un juego y una fábula: Cuentan que, después de un magnifico y suculento
banquete al que la diosa Juno invito a todos los dioses por su cumpleaños los
dioses libres de cuitas y caliente por el néctar habían preguntado a Juno si
había preparado algunos juegos que pudieran contemplar después del banquete,
para que nadie impidiese que un día tan solemne estuviera pleno de
la alegría de los dioses por todas partes; la diosa, para dar gusto
también en esto a los dioses inmortales rogó insistentemente a su hermano y
marido Júpiter que, puesto que era omnipotente, hiciera al instante un
anfiteatro y presentara unos personajes nuevos a imitación de una representación
teatral para que aquel día, que ella quería que resultara gloriosísimo, no
pareciera incompleto en nada ante la opinión de los dioses: entonces por orden
inmediata del omnipotente Júpiter, que es el único que mueve todas las cosas,
apareció este universo mundo, tan grande, tan ornado, tan variado y por todo
ello hermoso tal como lo veis; el anfiteatro era así: arriba, casi en los
cielos, los foros y asientos de los divinos espectadores; abajo, lo que algunos
llaman el medio, estaba colocada la Tierra, es decir la escena para que
pudieran aparecer los actores, y naturalmente todos los animales y todas las
demás cosas: preparado todo, y después de retirar las mesas del banquete,
Mercurio Braubeta anuncia que están ya en escena los actores.
Gozosos salen los espectadores y a cada
uno se le designó un sitio según su dignidad; al frente de la representación,
como director, estaba Júpiter Máximo, quien, cuando vio que todos los dioses
estaban presentes, dio una señal para instruir a todos sobre todo, y dar
órdenes al respecto; y para que nadie hiciera nada que la representación.
Todos eran de la misma opinión, que nunca había habido nada más admirable, nada
más digno de verse, ni nada más digno de la misma Juno y de aquel cumpleaños
que celebraban; no podía estarse quieta la excelsa diosa, esposa del Supremo
Dios, sino que exultante y feliz paseándose por entre los asientos de los
dioses iba preguntando sin parar a cada uno de ellos, entre otras cosas, a qué
actor consideraban el mejor de todos. Los más sabios de los dioses contestaron
que nada había más admirable que el hombre, a lo que también asintió con un
gesto el mismo padre de los dioses; y cuanto más atentamente contemplaban los
gestos, las palabras, y, en fin, todos los actos de aquel personaje, con más y
más estupor se quedaban parados: el mismo Júpiter estaba encantado al ver que
los demás dioses admiraban y alababan tanto al hombre, su creación; los que
estaban sentados al lado de Júpiter, viendo que se complacía tanto con el
archimimo humano, comprendieron fácilmente que aquel personaje había sido hecho
a partir de él mismo; además, al mirarle con más atención, reconocieron en el
hombre un gran parecido con Júpiter, por lo que hasta el más obtuso de los
dioses se hubiera podido percatar de que había nacido de Júpiter: el hombre
mismo, que está oculto bajo su máscara, dejándose brillar con frecuencia,
saltando casi afuera y mostrándose con claridad en muchos momentos, deja bien
claro que es divino y de la naturaleza de Júpiter, en posesión de la misma
inmortalidad de Júpiter, de su sabiduría, prudencia, memoria, y tan partícipe
de sus virtudes que se comprende con facilidad que estos extraordinarios dones
se los impartió Júpiter de su propio tesoro y aun de sí mismo; además, como el
más grande de los dioses abarca todas las cosas con su virtud y es todas las
cosas, así también veían que aquel hombre era Pantomimo de él, pues a veces se
transformaba de tal forma que se mostraba con la apariencia de una planta,
llevando una vida sin ninguna sensación; después de retirarse un poco, volvía a
la escena como etólogo y etópeo («actor satírico y moral»), transformado en mil
especies diferentes de animales: podrías identificarlo con un león airado y
furioso, con un lobo rapaz y devorador, con un cruel jabalí, con una zorra
astuta, con una puerca voluptuosa y sucia, con una tímida liebre, con un perro
odioso o con un asno estúpido; después de haber representado esto, se alejaba
un poco de la vista y corrido de nuevo el telón, volvía como hombre sabio, justo,
sociable, humano, bondadoso, social, frecuentaba con otros las ciudades,
alternativamente mandaba u obedecía órdenes, es decir atendía a los intereses
públicos y se preocupaba con otros del bien común; era en una palabra un ser
completamente civilizado y sociable.
No esperaban los dioses que fuera
a aparecer con más formas, cuando he aquí que se presenta de repente
transformado en uno de ellos, por encima de lo que permite la naturaleza
humana, todo él de una sapientísima inteligencia; ¡Excelso Júpiter, qué gran
espectáculo para aquéllos! primero se quedaron estupefactos al verse metidos
también en escena y representados por un actor mímico tan Etico («imitador de
costumbres») del que la mayoría afirmaban que era aquel multiforme Proteo hijo
del Océano; después, y tras los indescriptibles aplausos que levantó, ya no le
dejaban continuar a este extraordinario histrión, sino que pedían a Juno que,
dejada su máscara, fuera recibido en los asientos con los demás dioses y que
hiciera más de espectador que de actor; ya estaba ella intentando conseguir eso
de su marido, cuando al instante sale el hombre con un nuevo papel que
representaba al mismo Júpiter Máximo, el mejor de los dioses, imitando con
admirable e inenarrables gestos la imagen de su padre, trascendiendo incluso
las mismas naturalezas de los dioses menores y penetrando hasta aquella luz
inaccesible rodeada de bruma en la que habita Júpiter, Rey de los Reyes y de
los dioses; en cuanto los dioses le vieron, al principio, conmovidos y turbados
en su espíritu, creyeron que su señor padre había descendido a la escena; pero
después, tranquilizada su mente, llevaban sus ojos repetidamente al asiento de
Júpiter preguntándose si era él el que estaba sentado allí o convertido en
actor se había lanzado a escena dispuesto a representar algo; y al ver que
estaba allí, al mismo tiempo que volvían sus ojos hasta el hombre, se volvían
una y otra vez a mirar a Júpiter: pues tan sabia y hábilmente representaba éste
a Júpiter en su actuación que trarse una máscara más apropiada para el hombre,
a no ser que tal vez alguien eche en falta los imposibles.
En cuanto los dioses vieron al hombre,
lo abrazaron como a su propio hermano y juzgaron indigno que en algún momento
hubiese salido a escena y hubiese ejercido un arte burlesco e infame, y no
podían elogiar suficientemente su parecido con ellos y con su padre; examinaban
cada detalle, recorrían con sus ojos los muchos escondrijos del hombre, y se
deleitaban con ello más que con la contemplación de todo el espectáculo: Haberle
visto una vez no es suficiente, les agradaría detenerlo para siempre; pues
había allí una inteligencia capaz de tan buen consejo, de tanta prudencia,
sabiduría y razón, una inteligencia tan fecunda que, por sí sola, puede
producir increíbles frutos; son invenciones suyas las ciudades, las casas, la
utilización de los animales, las hierbas, las piedras y los metales; las
denominaciones y nombres de todas las cosas, lo que muchos muy sabios admiraron
como el más importante entre los demás descubrimientos; después, lo que no es
de menos valor, la reducción a unas pocas letras de aquella inmensa variedad de
sonidos de la lengua humana, con las cuales se escribieron y perpetuaron
tantas disciplinas entre las que también se encuentra la misma religión, el
conocimiento del padre Júpiter y su culto; y el de los restantes dioses
hermanos, único rasgo que al no encontrarse en ninguna otra especie de animales
más que en ésta, revela el parentesco que tiene con los dioses; hay que añadir
que de poco le hubiera servido haber descubierto todo aquello, si no hubiese
tenido, como tesoro de todos los bienes, la memoria, para conservar guardadas
estas riquezas divinas; de las dos (la religión y la memoria) surge, por así
decir, la previsión y conjetura del futuro, la chispa sin duda de aquella
divina e inmensa ciencia que percibe todo el futuro como si fuera presente. Los
dioses, contemplando estas y otras cosas sin encontrar saciedad, se deleitan en
ellas como quienes miran en un espejo su propia imagen durante largo rato sin
cansarse; así aquéllos, al verse a sí mismos y a su mismo padre Júpiter tan
bien representados en el hombre, les agradaba ver una y otra vez lo que habían
visto repetidamente, y haciéndose unos a otros diversas preguntas intentaban
conocer de qué modo había representado en la escena a las plantas y a las
hierbas, de qué modo a los animales, al hombre, a los dioses y a Júpiter rey de
los dioses, y con qué arte y con qué gesto.
Después de contar todo esto el hombre
con gusto y precisión, Júpiter ordenó que de los restos del banquete se le
diese ambrosía y néctar; con gusto muchos dioses, abandonando el espectáculo,
hicieron una merienda con él; y hasta tal punto se deleitaban con el huésped
hermano, o conciudadano más bien, que después de que se rehízo del esfuerzo de
aquella representación con los alimentos celestiales, vestido con la toga
pretexta roja, como los demás dioses, y coronado, se adelantó en calidad de
espectador; muchos dioses se levantaron por él y muchos le cedían el sitio de
buena gana; y algunos hasta le tiraban del vestido y detenían su paso para que
se quedase con ellos, hasta que Júpiter Supremo hizo una señal a Mercurio, que
le guiaba, para que fuera acogido entre los dioses primeros, en la orquesta,
quienes lo aceptaron como una gran deferencia; lejos de estos dioses de
primerísima fila el sentir fastidio por el hombre, aunque había sido un poco
antes actor; recibido por ellos con todos los honores, e invitado entre
los primeros asientos, se sentó mezclado entre una multitud de ellos y desde
allí contempló la representación que continuó a su ritmo hasta que al llevarse
el mismo Apolo la luz, a instancias de Juno (pues los camareros mayores y demás
sirvientes, avisados por los cocineros, anunciaban que la cena estaba más que
preparada) hizo entrar a la noche; así, encendidos los candelabros, las
antorchas, las velas, las candelas, las lámparas de aceite que traían las
estrellas, fueron tratados con la misma pompa en el banquete de la cena que en
el de la comida; también al hombre lo invitó la misma Juno, y el padre Júpiter
dio su anuencia y con su señal tembló todo el Olimpo y tal como había
contemplado el espectáculo entre los dioses principales, así entre ellos se
reclinó en el banquete, después de ponerse la máscara que se había quitado durante
un rato; pues a la misma máscara se le tributaron honores tales que, puesto que
se había acomodado tan bien a las necesidades del hombre, se la consideró digna
de la mesa de los dioses y de un banquete tan suntuoso, así como de disfrutar,
una vez que se le dotó del poder perceptivo de las cosas, la eterna alegría del
banquete.
[1] https://prigman.wordpress.com/2011/10/14/platon-y-el-mito-de-prometeo/
[2] Modernidad I EPUAZ, 1998, 1era ed. Zacatecas, Zac. p
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